| Es un verdadero prodigio del arte mural
y, sobre todo, del talento del gran Tadeo Escalante. El interior está íntegramente
decorado y, aunque no todo se deba a su mano, una de las mayores cualidades
de esta iglesia es la sensación de armonía, que obedece al hecho de que
la mayor parte de la obra estuviera a su cargo. Los murales están fechados
en 1802. ¿Quién fue Tadeo Escalante? "A caballo entre dos siglos y entre dos mundos, política e ideológicamente diferentes, nos da un arte nuevo y valedero que entronca con lo popular" José de Mesa y Teresa Gisbert, historiadores del arte. Para estos historiadores del arte fue el último "gran pintor cusqueño" y, pese a ese mérito indiscutible, es muy poco lo que se sabe de él. Se le atribuyen también los murales del convento de Santa Catalina en el Cusco y de la iglesia de Acomayo. Pero fue aquí, en Huaro, donde realizó su obra más importante, y puso de manifiesto sus innovaciones y los rumbos que tomó la pintura cusqueña en los albores del siglo XIX. El techo "Es una pintura juvenil, alegre, diurna, inmersa en el mundo de flores, frutos y follajes que Escalante escogió como sus elementos decorativos dominantes." Pablo Macera, historiador peruano, 1993. Según Pablo Macera, el techo de Huaro es uno de los más bellos de la pintura andina. No es de estilo mudéjar (salvo el techo del presbiterio que es también el más antiguo) pero tampoco barroco. Según Macera, pertenecería más bien a un “rococó andino”, que se libera de los convencionalismos y da rienda suelta a la imaginación. Aquí también parece primar el criterio de "horror al vacío", tan propio de la tradición andina. Algo notable en este techo es que, al haber sido asumido por un solo pintor, parece corresponder a un diseño global. Los murales En buena parte fueron pintados por Escalante, y si bien no se ocupó directamente de todo, es seguro que dirigió la obra. La decoración principal es la del bajo coro y las zonas próximas a éste. En esta zona habrían -según el análisis de Macera- siete grandes unidades, entre las que destacan los murales El Infierno y Las Dos Muertes. Las Dos Muertes "Con respecto a los murales alusivos a la muerte, que flanquean la puerta de entrada, se puede decir lo siguiente: a mano derecha hay una curiosa escena con tres parejas de amantes que cenan en torno a una mesa; el grupo que es sorprendido por la Muerte está encaramado sobre un árbol. Del árbol pende una campana que Cristo toca anunciando el fin; la Virgen María de rodillas ruega por los comensales. La Muerte corta el árbol y el demonio tira de él para que sea más rápida su caída... Al otro lado de la puerta hay dos escenas superpuestas: la Muerte en la casa del Rico y Muerte en la casa del pobre. En la primera se muestra un festín al que asisten varias damas y engolados caballeros, vestidos todos a la usanza del tiempo sin arcaísmo alguno. Sin que su compañero de mesa se aperciba, distraída como está llevándose a la boca unos manjares, la Muerte ha cogido a una mujer. Es un esqueleto que sujeta por los pies a su víctima. En la parte superior del muro se muestra la “muerte del pobre”. El moribundo yace en su lecho que se ve gracias a que el pintor ha suprimido oportunamente una pared de la casa. Hacia él y atravesando la plaza, va una lucida procesión con el viático. La arquitectura y todos los tipos dan un cuadro de encantadora ingenuidad y sencillez." Teresa Gisbert y José de Mesa. Las postrimerías Según Macera, nada puede compararse en calidad con la representación del Infierno, con la que Escalante se inserta en una tradición pictórica muy típica del mundo colonial, pues el tema del juicio final fue muy frecuente. Lo que primero llama la atención es el esqueleto, entre cuyos huesos asoma su pobre alma. A su lado yacen los símbolos de la vanidad terrenal: mitra, tiara y corona. La decoración lleva al espectador a la escena final, el infierno, en donde los pecadores se precipitan unos sobre otros y son sometidos a severas torturas antes de pasar a una olla hirviente. Un elemento muy importante en la composición es el dragón que devora a los pecadores. La nave La decoración podría describirse así de abajo hacia arriba: primero aparecen los papas, luego una cenefa con corderos y más arriba las escenas de los santos, entre los que se cuentan San Alberto, San Martín de Porras, Santa Rosa de Lima y el apóstol Santiago. Estas escenas se barajan con escenas civiles de la vida cotidiana, típicas del siglo XIX. |
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Respecto a la fecha de construcción no ha sido posible aún encontrar datos exactos, para el destacado historiador Pablo Macera, según su libro, "La Pintura Mural Andina", se empezó a construir a fines del siglo XVI al igual que el de Andahuaylillas. Sobre las características del templo, Macera, afirma: " El techo del Templo de Huaro es uno de los más hermosos de toda la pintura andina….es un rococó tardío y desenfrenado, donde el horror al vacío puebla todos los rincones con colores..". Sobre Tadeo Escalante, afirma: "Fue uno de los artistas que vertió su arte a favor del templo de Huaro. Sin embargo, uno de los murales de su autoría es el que destaca del resto: "El Infierno"…"el cusqueño tuvo la peculiaridad de incorporar a los elementos formales (condenados desnudos, demonios bestializados, el dragón infernal y los instrumentos de tortura) una composición diferente"… "combinó el modelo muralista con los del retablo y los lienzos"…" en su visión del infierno presenta cuerpos medievales, de abdomen pronunciado, sin sexo y de extremidades delgadas hasta el raquitismo", señala el historiador.
Para la Dra. Alfonsina Barrionuevo, la pintura mural data de 1602.
El padre Joaquín Díez Esteban, doctor en Teología, explica que no conoce otro templo en el país que presente como tema conceptual la presencia del demonio y la muerte, cuyas presencias obedecerían mas bien a una advertencia para que la feligresía opte por el buen camino. Respecto a las frases que acompañan a este mural, señala que para un cristiano no hay mayor castigo que el no poder ver a Dios y que la presencia de autoridades de la Iglesia a punto de ser tragadas por una bestia serviría para demostrar que la pertenencia a una jerarquía determinada no salva a nadie de terminar en el reino de Lucifer.
"Sus murales relatan magistralmente el ambiente del infierno y del juicio en el bíblico valle de Josafat, ante Dios que aparece con sus profetas, sus ángeles y santos para juzgar a los seres humanos. El propósito era catequizar a los indios y convertirlos por el temor al infierno.
Los murales miden de 3 a 4 metros de largo por 2 metros de altura más o menos. El arte es de una belleza desconcertante y terrorífica.
El primer mural es majestuoso. Las almas se levantan al llamado de Dios y son juzgadas en una audiencia universal frente al diablo que enumera sus pecados. Hay tumbas que se abren y esqueletos que se revisten de carne. Los grupos llevan leyendas alusivas, "Aquí será el llanto, aquí el crujir de dientes, la muerte eterna se cebará en ellos", "Venid benditos de mi Padre al reino preparado para vosotros desde el principio del mundo". "Apartaos de mí, malditos de mi Padre, id al fuego eterno que está dispuesto para el diablo y sus aliados".
Los buenos suben al cielo con palmas, entonando Hosannas, su desnudez es pura, sus rostros irradian una dulce alegría. Otros van al Purgatorio que arde en llamas blancas, donde estarán hasta que Dios les perdone. Los malos son lanzados "al lugar se llora inútilmente, donde el rechinar de cadenas es eterno".
El Infierno asusta: Es ese infierno clásico, de llamaradas rojas, de potros y mesas de tortura, de horcas y calderas de agua hirviendo. De diablos que cabalgan sobre las almas encadenadas y cosen la boca de los mentirosos, que azotan a los viciosos de la carne y a los avaros que se doblegan bajo el peso de sus bolsas de centavos, de bichos repugnantes que se enroscan en el cuerpo de los envidiosos, de iracundos que son ahorcados una y mil veces, mientras el bozal y el freno impiden comer a los afectos a la gula y los soberbios y perezosos se arrastran azuzados por otros seres infernales.
Las llamas iluminan el cuadro dantesco donde se mueven asquerosas alimañas y monstruos para mayor confusión de las almas que añoran el paraíso perdido. "Ay de mí que ardiendo quedo! ¿Ay que no pude, ya no puedo! ¿Ay que por siempre he de arder!. ¿Ay que Dios nunca he de ver!".
En la descomunal caldera hay de todo, escribas y poetas, comerciantes y tonsurados, mujeres hermosas y falsas virtuosas, obispos y Papas, que pagan con la pena eterna las culpas cometidas en vida.
Tras un arco de flores, Tadeo Escalante pintó la apoteosis de la Gloria. En el acto final el artista es sobrio. Quién sabe no creía del todo en ese cielo. El Padre Eterno abre las puertas del paraíso y una multitud se precipita en procesión de luces, agitando sus palmas y bendiciendo al Señor. Cierra la marcha el Lanlako, hombrecillo de tres cabezas que es guardián de las almas.
Otros pasajes religiosos llenan la iglesia que está totalmente decorada. El pintor indio debió consumir una parte de su vida en su penumbra. Bajo su paleta brotaron la vida de Jesús, la muerte benigna en la casa de del pobre y terrible en la casa del poderoso, el árbol de la vida, el amor y la muerte, y muchos más que figuran en hermosos medallones y murales.
Uno de ellos relata vívidamente la historia de la muerte que fue madrina. Hubo un hombre que buscó cierto día un padrino para su hijo que estaba moribundo. A nadie encontró en las calles y la casualidad hizo que le saliera al paso la muerte, vestida de caballero. Sin que él supiera su identidad ella se ofreció para recibir al niño.
Apenas concluyó el bautizo, la muerte le regaló un secreto, sabiendo que era muy pobre. "Has de saber que soy la muerte y quiero ayudarte. Desde hoy harás de médico. Cuando me veas sentada a la cabecera del enfermo, no lo cures porque no tiene remedio. Pero si no estoy recétale cualquier mate de hierbas que sanará". Con esta fórmula, el hombre se hizo y famoso. En agradecimiento mandó hacer una pintura con un esqueleto que lleva corazón y dentro de él, un niño".
Tadeo Escalante habría concluido su labor en el templo en 1802.
Como en otros sitios, rodea al templo el cementerio sectorizado en clases sociales y pudientes, cuyas ornacinas aún encontramos en los cercos colindantes, donde cada primero de noviembre se depositaban los despojos y las ofrendas que el sacerdote retiraba en pago, luego del responso.
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